miércoles, 26 de abril de 2017

LA GRANCONVERSACION

                                              Hechos 8:1-28

En este capítulo tenemos la conversión del Eunuco Etíope. Acabamos de llegar a la segunda división mayor del libro de los Hechos. Usted recordará que habíamos dividido este libro según la comisión del Señor dada en el capítulo 1, versículo 8. Primero debían testificar en Jerusalén; después en Judea; luego en Samaria, y por último a todo el mundo. Pues bien, llegamos ahora a la segunda sección que describe la obra del Señor Jesucristo mediante el Espíritu Santo, a través de los apóstoles en Judea y en Samaria. Esta sección del libro incluye los capítulos 8 hasta el 12.

Ahora, usted recordará que el capítulo 7 concluyó con una escena muy extraña. Incluía a dos jóvenes que tuvieron una influencia muy grande sobre la Iglesia primitiva. Uno de ellos era Esteban, diácono, un joven que entregó su vida como primer mártir de la Iglesia. El otro era un joven fariseo que aprobó el apedreamiento de Esteban. Y su nombre era Saulo. Leamos pues el primer versículo de este capítulo 8 de los Hechos:

"Y Saulo consentía en su muerte. En aquel día hubo una gran persecución contra la iglesia que estaba en Jerusalén, y todos, salvo los apóstoles, fueron esparcidos por las tierras de Judea y de Samaria."

Saulo desempeñó el principal papel en la persecución de Esteban. Ahora, este joven Saulo de Tarso se había admirado cuando vio el rostro de Esteban. Esteban había mirado al cielo y dijo que allí estaba viendo al Hijo del Hombre, a Jesús, a la derecha de Dios. Este joven Saulo también miró hacia arriba, pero no vio nada. Pero, estimado oyente, seguramente habrá deseado ver algo. Más adelante, el también contemplaría algo. Era un fariseo muy devoto. Y creemos que Esteban fue quien preparó a Saulo para la aparición del Señor Jesús en el camino de Damasco.

Saulo llegó a ser el perseguidor principal de la Iglesia. Esto hizo que la Iglesia se dispersara, lo que realmente, contribuyó al crecimiento de la Iglesia. Todos los creyentes habían permanecido establecidos en Jerusalén, y no creemos que hubieran salido si no hubiera sido por causa de la persecución que Saulo había instigado.

Según el versículo 8 del capítulo 1 de los Hechos, Judea y Samaria eran los próximos territorios en los cuales el Señor les había mandado que entraran. Judea abarcaba los alrededores de Jerusalén, y Samaria la región al norte de Jerusalén. Continuemos leyendo los versículos 2 y 3 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Unos hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. Saulo, por su parte, asolaba la iglesia; entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres y los enviaba a la cárcel."

Éste era un joven fanático. Recordemos que más tarde escribió de sí mismo en su carta a los Filipenses, capítulo 3, versículo 6, diciendo: "...en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia". Leamos ahora el versículo 4 del capítulo 8 de este libro de los Hechos:

"Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio."

Aquí vemos el efecto de la persecución. En realidad, no estorbó a la iglesia sino que promovió el crecimiento de la iglesia. Más tarde, el apóstol Pablo daría este mismo tipo de testimonio después de que fuese echado en la cárcel de Roma. En su carta a los Filipenses, capítulo 1, versículo 12, escribió: "Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido, han contribuido más bien al progreso del evangelio". No creemos que la Iglesia pueda ser dañada desde fuera. Puede ser dañada desde dentro, como veremos más tarde en este capítulo. Llegamos ahora a un párrafo que nos dice que

Felipe se convirtió en el testigo principal después de la muerte de Esteban

Ahora, se nos presenta a Felipe, el segundo diácono, aquel que Dios usó de una manera maravillosa. Y esto ya lo vimos en el versículo 5. Leamos el versículo 5, de ese capítulo 8 de Hechos:

"Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo."

El Señor Jesús había dicho que debían serle testigos en Jerusalén, en Judea, y en Samaria. Ahora vemos que la Palabra se extendió hasta Samaria. Continuemos, versículo 6:

"La gente, unánime, escuchaba atentamente las cosas que decía Felipe, oyendo y viendo las señales que hacía"

Recordemos que Esteban había ejercido dones junto con señales, y ahora vemos que a Felipe le fueron dados aquellos mismos dones. Ahora, no todos los tenían. Fueron dados a los que ocupaban puestos de autoridad, a quienes llevaban la Palabra de Dios al mundo. Llegó el día cuando aquellos dones acompañados de señales desaparecieron. Desaparecieron después de los tiempos de los apóstoles. Cuando el canon de la Escritura fue completado y establecido, las credenciales de un verdadero hombre de Dios consistían en una doctrina Bíblica correcta, antes que en aquellas señales. Continuemos con los versículos 7 y 8 de este capítulo 8 de los Hechos:

"pues de muchos que tenían espíritus impuros, salían estos lanzando gritos; y muchos paralíticos y cojos eran sanados; así que había gran gozo en aquella ciudad."

El evangelio había llegado entonces a Samaria. Felipe fue bien recibido en Samaria y allí el evangelio trajo gran alegría. Veremos ahora que, debido a que la Iglesia estaba creciendo rápidamente, se añadían a la iglesia personas que no eran creyentes. Pero aunque eran no creyentes, hacían una profesión de fe, es decir, manifestaban ser cristianos. Y conoceremos ahora a uno de estos. Leamos el versículo 9 de este capítulo 8 de los Hechos, donde se comienza a hablar de

Simón el mago

"Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad y que había engañado a la gente de Samaria haciéndose pasar por alguien importante."

Este hombre alegaba tener un don que era acompañado de señales, atribuyéndose gran importancia. Continuemos con los versículos 10 y 11 de este capítulo 8 de los Hechos:

"A este oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, y decían: Éste es el gran poder de Dios. Estaban atentos a él, porque con sus artes mágicas los había engañado por mucho tiempo."

Estos hombres creían que Simón el mago era como un dios. Y lo mismo que le ocurrió a esa gente, hay muchos hoy que son engañados. Estimado oyente, no sea usted engañado por algún hombre ni por su aparente poder. Aun si alguien está predicando la Palabra de Dios, no mire al hombre. Mire a la Palabra de Dios y compruebe si la está presentando con exactitud. Mire a Dios. Vuélvase a Él. Cuando fijamos la mirada en una persona con admiración, la apartamos del Señor Jesucristo. Y eso es lo que le ocurrió a la gente en Samaria. Ahora, leamos el versículo 12:

"Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres."

Felipe predicó el evangelio en Samaria, y muchos hombres y mujeres creyeron. Simón se encontró con Felipe y al parecer, hizo una profesión de fe bajo el ministerio de Felipe. Creemos que Simón fue el primer estafador religioso en la Iglesia pero, desafortunadamente, no el último. Profesó ser creyente durante el movimiento de renovación de grandes repercusiones que tuvo lugar en Samaria, durante la visita de Felipe. Ahora, el versículo 13 dice:

"También creyó Simón mismo, y después de bautizado estaba siempre con Felipe; y al ver las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito."

Simón cumplió todo el ritual externo. Profesó creer, pero no experimentó una fe salvadora; fue bautizado y llegó a ser amigo de Felipe. Sin embargo, no se convirtió. Ahora, fíjese usted que había otros también que decían ser creyentes, pero que no eran salvos. No habían experimentado un nuevo nacimiento espiritual. Tenían un conocimiento sólo intelectual y acompañaban a los otros creyentes, pero en realidad no eran salvos. Estos quizás hasta habían sido bautizados con agua, pero no habían sido bautizados y unidos a la iglesia de Jesucristo por el Espíritu Santo.

Hay mucha gente también hoy como Simón el Mago. Recibimos muchas cartas de oyentes que nos cuentan que desde que han estado estudiando la Biblia por medio de nuestro programa La Fuente de la Vida, han comenzado a examinar su fe. Muchos se han dado cuenta de que han estado simplemente reuniendo o acompañando a otras personas, pero que ellos mismos no han sido genuina personalmente convertidos. Ahora, es necesario que nos examinemos. El apóstol Pablo dijo lo siguiente, en su segunda carta a los Corintios, capítulo 13, versículo 5: "Examinaos a vosotros mismos, para ver si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos". Es conveniente examinarse, para comprobar si usted está en la fe o no. Este hombre, Simón, tenía todos las señales externas que le identificaban como un cristiano. Respondió que creía en Jesús, y por tanto fue bautizado. Pero en realidad, no era salvo. No tenía una fe genuina. Leamos los versículos 14 al 16 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, una vez llegados, oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús."

Cuando los apóstoles se enteraron de que había un gran movimiento del Espíritu en Samaria, enviaron a Pedro y a Juan para verificarlo. Y hallaron un gran grupo de creyentes que profesaban, pero que realmente no habían sido renacidos espiritualmente. No habían sido bautizados por el Espíritu Santo para formar parte de la iglesia. El Espíritu de Dios no moraba en ellos. No eran salvos. Habían cumplido meramente una ceremonia externa. Y estimado oyente, el ser bautizado en agua o cumplir alguna otra ceremonia no le hará cristiano. Esto nos da los antecedentes para explicarnos por qué Simón había logrado aprovecharse de los demás. Y le gustaba la idea de hacer milagros. Ahora, leamos el versículo 17:

"Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo."

Es posible que Felipe no hubiera explicado todos los hechos y las condiciones del evangelio. O puede ser que ellos no los hubieran aceptado. En todo caso, se dirigieron a los apóstoles. Ahora creían al evangelio y creían en el Señor Jesucristo. Y ahora, el Espíritu de Dios había entrado en ellos.

Creemos que es necesario considerar esto a la luz de su contexto histórico. La comisión fue dada a los apóstoles para que abrieran cada nueva región al Evangelio. En el día de Pentecostés, el Evangelio fue proclamado en Jerusalén. Después, Pedro y Juan debían propagarlo a Samaria y a Judea. El apóstol Pablo sería el apóstol a los no judíos. Así fue cómo se planteó la comisión encargada por Jesús. Y ahora, la vemos cumpliéndose aquí en Samaria. Leamos ahora los versículos 18 y 19 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo."

Simón el mago, quería pagar por el don. ¿Por qué? Porque este hombre era un estafador religioso. Quería emplearlo para ganancia propia. ¡Cuántas alegaciones similares han sido hechas desde entonces!

La persecución de fuera no dañó a la Iglesia. Dispersó a los creyentes y, como ya hemos indicado, en realidad ayudó para la extensión del evangelio. Lo que dañó a la Iglesia fue la entrada de personas que profesaban ser creyentes cuando en realidad no lo eran. La Iglesia siempre resulta dañada desde sus mismas filas. Lo mismo ocurrió con el Señor Jesús. Fue traicionado desde dentro. Uno de Sus propios discípulos le traicionó ante Su nación. Y su propia nación le traicionó ante el Imperio Romano, y el Imperio Romano le crucificó.

Y todavía ocurre lo mismo en el día de hoy. La Iglesia es traicionada desde dentro. Recordemos el caballo de madera que fue traído a la ciudad de Troya. La ciudad era impenetrable. Era invulnerable hasta que el caballo fue introducido en la ciudad. El diablo comenzó por perseguir a la Iglesia, luchando contra ella desde fuera. Y descubrió que no tenía éxito, porque la persecución simplemente difundía el evangelio. Entonces, decidió comenzar su trabajo desde dentro. Y allí es donde se pudo introducir y hacerle verdadero daño. Bien, continuemos con los versículos 20 y 21 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios."

Es por este motivo que dijimos que este hombre no se había convertido. Simón Pedro declaró que su corazón no era recto delante de Dios. No era un verdadero creyente. Su gran interés estaba en el dinero. Eso era lo que realmente le importaba a este hombre. Ahora, versículos 22 y 23:

"Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón, porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás."

Simón Pedro no se lo pudo decir más claro. Y ahora, veamos lo que ocurrió aquí en el versículo 24:

"Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí."

Ahora, Simón no pidió ser salvado, ni que orasen para que él recibiera la salvación. Simplemente pidió que ninguna de estas cosas le sucediera. No sabemos si este hombre vino alguna vez a Cristo. Continuemos con el versículo 25:

"Ellos, habiendo testificado y hablado la palabra de Dios, se volvieron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio."

El evangelio comenzó su viaje hacia los confines de la tierra. Hemos visto que la iglesia empezó en Jerusalén. Los apóstoles estaban allí y se estableció una iglesia. Pronto el centro de operaciones se trasladaría a Antioquia, más tarde a Éfeso, luego a Alejandría, y después a Roma. En la actualidad, la iglesia se ha extendido prácticamente a todos los rincones de la tierra. Ahora, creemos que uno de los vehículos más eficientes para hacer que el evangelio llegue hasta lo último de la tierra es la radio. Por medio de este medio la iglesia puede llevar a cabo lo que no se ha logrado desde el primer siglo, cuando el mensaje del Evangelio se extendió por todo el mundo entonces conocido.

Pasemos ahora a considerar el encuentro entre

Felipe y el etíope

En los capítulos 8, 9 y 10 encontramos el relato de tres notables casos de conversión. Creo que éstos tres han sido escogidos para transmitirnos una lección concreta. El capítulo 8 nos relata la conversión del etíope, de la raza de Cam. El capítulo 9 nos cuenta la conversión de Saulo de Tarso, de la raza de Sem. Y el capítulo 10, nos relata la conversión de Cornelio, un centurión romano, de la raza de Jafet. Recordemos que toda la familia humana está dividida en estas 3 categorías. Se trató de una división etnológica y geográfica hecha después del diluvio. Sem, Cam y Jafet, eran los hijos del patriarca Noé. Aquí encontraremos, pues, que el Evangelio alcanzó a representantes de estas 3 divisiones de la humanidad.

También observaremos en estos ejemplos que, para que tenga lugar la conversión de una persona, tienen que darse 3 factores. Estos 3 factores son evidentes en estas 3 conversiones representativas.

1. La obra del Espíritu Santo. El Espíritu Santo había llevado a Felipe hasta Samaria, donde se había producido un gran movimiento del Espíritu de Dios. Después el Espíritu Santo le condujo a Gaza y nuevamente podemos observar la acción del Espíritu en el corazón del etíope. El Espíritu de Dios se había adelantado para preparar a aquel corazón y también para preparar al mensajero. Esta guía del Espíritu de Dios es absolutamente esencial. Tememos que muchos intentos personales para llegar a las personas se realizan de una manera descuidada y sin contar con la guía del Espíritu de Dios. Creo que, antes de hablar con alguien para presentar a Cristo, debiéramos convertir el asunto en un tema concreto de oración. Tendríamos que hablar con el Señor sobre el individuo, antes de hablarle al individuo sobre el Señor. No se trata simplemente de que el Espíritu Santo nos guíe. Lo que necesitamos es que el Espíritu vaya delante de nosotros, prepare el camino y entonces nos llame para que vayamos hacia donde Él se encuentre. Queremos dirigirnos hacia donde el Espíritu de Dios se esté moviendo. Éste es el primer factor esencial de la conversión. Encontramos este factor en acción en la conversión del etíope y también en la conversión de Saúl, y en la de Cornelio.

2. La Palabra de Dios. Dijo San Pablo en Romanos 10:17, "la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios". Éste es el segundo factor esencial. El Espíritu Santo tomará las cosas de Cristo y se las revelará al individuo. El Espíritu de Dios utiliza la Palabra de Dios. Pero, tiene que haber un elemento humano.

3. El hombre o la mujer de Dios. El Espíritu de Dios utiliza a un mensajero de Dios, que comunica Su Palabra para hacer que alguien se convierta en un hijo de Dios, alguien que ha renacido espiritualmente. Veremos esto especialmente en la conversión del etíope.

La segunda parte de este capítulo 8 nos conduce a otra parte del ministerio de Felipe. Como vimos, el Evangelio había entrado en Samaria y ya había muchos verdaderos creyentes como resultado de la predicación del evangelio. Pero también vimos que fue en Samaria donde la maldad entró en la Iglesia por medio de Simón el mago. Ahora, en contraste con Simón el mago, llegamos ahora a la experiencia de Felipe con el eunuco etíope. Felipe guió a este hombre a Cristo y el etíope se convirtió en un creyente genuino. Llegó a ser un extraordinario hombre de Dios. Leamos ahora el versículo 26 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto"

Samaria estaba situada en una región al norte de Jerusalén. Ahora, a Felipe se le dijo que se dirigiera hacia al sur. Lo que conocemos como la franja de Gaza queda en el sur junto al Mediterráneo. Ésta era la vía comercial por que se viajaba para volver a Egipto y a Etiopía.

Felipe había estado hablando a multitudes en Samaria y ahora fue enviado a un desierto. Tiene que salir del lugar donde se había producido un gran movimiento del Espíritu de Dios e ir a un lugar desierto, donde no había nadie. Sin embargo, cuando llegó allí, descubrió que Dios tenía a alguien allí a quien él debía hablar de Cristo. Leamos los versículos 27 y 28 de este capítulo 8 de los Hechos:

"Entonces él se levantó y fue. Y sucedió que un etíope, eunuco, funcionario de Candace, reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros y había venido a Jerusalén para adorar, volvía sentado en su carro, leyendo al profeta Isaías."

Vemos que aquel etíope estaba a cargo del tesoro de la reina. Era como un ministro de Finanzas. En aquellos tiempos era también un funcionario muy importante. Y no viajaba solo. Le acompañaban un séquito de sirvientes y funcionarios de menor rango. No iba sentado en el carruaje sosteniendo con una mano las riendas, y con la otra un libro. Estaba sentado en la parte posterior del carruaje y protegido del sol por un toldo. Tenía un chofer privado y viajaba con toda comodidad.

Era un ciudadano de Etiopía, pero había venido a Jerusalén para adorar; lo que indicaba que era un prosélito, es decir, un pagano convertido al judaísmo. Acababa de estar en Jerusalén, el centro de la religión judía. Aunque el judaísmo era una religión establecida por Dios, el había salido de la ciudad en un estado de oscuridad espiritual. Estaba leyendo al profeta Isaías, pero no entendía lo que leía.

Finalizamos hoy viendo a un hombre que buscaba a Dios, quería sinceramente saber quién era Jesús y le buscaba ansiosamente en las páginas de las Escrituras del Antiguo Testamento. Cuando alguien le busca, Dios se hace presente. Estimado oyente, si usted, de diversas maneras, a veces incluso sin darse cuenta, le ha estado buscando, puede usted invocar su nombre. Y Él le escuchará, le responderá. Recordamos que San Pablo dijo, citando a los profetas: "Todo aquel que en él cree, no será defraudado...Ya que todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo".

LA PALABRA




                                     Hechos 7:1-60

Continuando nuestro recorrido por el libro de los Hechos, llegamos hoy al capítulo 7. En este capítulo tenemos la defensa de Esteban y su martirio. Esteban, ante el concilio, hizo un recuento de la historia de la nación de Israel, incluyendo una descripción de su oposición y rebelión contra Dios. Acusó a los miembros del concilio de haber sido los traidores y asesinos de Jesús. Eso, por supuesto, engendró un odio más violento en ellos y condujo al apedreamiento de Esteban. Al repasar la historia de la nación, Esteban dejó en claro que nunca hubo habido un tiempo en que toda la nación adorara a Dios. Sin embargo, por otra parte, en la nación de Israel siempre había habido un remanente que permaneció fiel a Dios, tal como lo hay en la actualidad. Leamos pues, los primeros dos versículos de este capítulo 7 de los Hechos, para comenzar a considerar

El discurso de Esteban

"El Sumo sacerdote dijo entonces: ¿Es esto así? Esteban dijo: Hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abraham cuando aún estaba en Mesopotamia, antes que viviera en Harán"

El capítulo anterior concluyó con una acusación contra Esteban. Y ahora, le preguntaron si la acusación que se le había hecho era verdad, o no. Por lo tanto, Esteban comenzó su defensa.

Y observemos ¡qué comienzo tan conciliador! Les llamó hermanos. Eran sus hermanos, físicamente. Y llamó padres a los más ancianos. Él era más joven que ellos y les mostró su respeto. Así era este joven, que sería el primer mártir de la Iglesia.

A veces oímos decir que en sus comienzos, el cristianismo fue realmente un movimiento juvenil. Y en realidad, no creemos que ésta sea una afirmación errónea. Por ejemplo, dos jóvenes que ocuparon un lugar muy prominente fueron Esteban, el de nuestro relato, y Saulo de Tarso. A Saulo de Tarso, le conoceremos más adelante como el apóstol Pablo. Estos dos hombres jugaron un papel clave en la formación del curso de la Iglesia primitiva. Ambos eran jóvenes muy notables. Ambos tenían dones y fueron usados por el Espíritu Santo. Sin embargo, la única vez en que estos dos jóvenes se encontraron fue siendo enemigos. La cruz separó a Esteban y a Saulo de Tarso tan verdaderamente, como separó a los dos ladrones que fueron crucificados con Jesús. El apóstol Pablo, Saulo antes de su conversión, sabía lo que decía cuando en su Primera Epístola a los Corintios, capítulo 1, versículo 18, dijo: "Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios". Cuando Saulo vio a Esteban, él creyó que era un insensato, un loco.

Esta defensa de Esteban aquí, constituyó un golpe maestro. Él hizo un repaso de la historia de la nación, comenzando con Abraham. Allí es donde comenzó la historia de la nación de Israel. No retrocedió más que hasta Abraham. Usted encontrará lo mismo en el evangelio según San Mateo. Este libro, escrito a la nación de Israel, trazó la genealogía de Jesucristo hasta Abraham. Ahora, si usted quiere remontarse hasta Adán, tendrá que ir al evangelio según San Lucas. Esteban pues, comenzó con Abraham, un hombre de fe.

Y aunque en este discurso histórico encontramos la oposición y la rebelión de la nación contra Dios, siempre quedó un resto de creyentes. Es decir, un remanente fiel a Dios.

Y hoy ocurre lo mismo. En la Iglesia organizada, en la Iglesia visible, la cual usted y yo podemos ver, hay siempre un remanente de creyentes. En la Iglesia visible no todos son verdaderos creyentes, aunque lo parezcan. Algunos se cuestionan si ciertas personas que profesan ser cristianas son realmente creyentes, aunque asistan a la iglesia. Y así como en la nación de Israel había un remanente fiel, así también en la Iglesia visible hay un remanente de verdaderos creyentes. Eso todavía es cierto en la actualidad.

Abraham fue un hombre de fe. Creyó a Dios, y obedeció a Dios, porque la fe siempre conduce a la obediencia. Esteban comenzó su discurso con Abraham, cuando éste vivía en Mesopotamia en el valle de los ríos Tigris y Éufrates. Ese fue el lugar donde se encontraba el pueblo natal de Abraham. Fue allí donde Dios le llamó. Leamos ahora el versículo 3 de este capítulo 7 de los Hechos:

"y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que yo te mostraré."

Dios llamó a Abraham a salir de su hogar porque era un lugar de idolatría. Ahora, los versículos 4 y 5 dicen:

"Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán; y de allí, cuando murió su padre, Dios lo trasladó a esta tierra, en la cual vosotros habitáis ahora. No le dio herencia en ella ni aun para asentar un pie, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, aunque él aún no tenía hijo."

Como ya dijimos, Esteban estaba presentando un relato de la vida de Abraham, y describió aquí el comienzo de la fe de Abraham. Dios le había prometido un hijo, y le había prometido también una tierra. Aunque Abraham no tenía ni lo uno, ni lo otro. Sin embargo, creyó a Dios. Continuemos con los versículos del 6 al 8 de este capítulo 7 de los Hechos:

"Dios le dijo que su descendencia sería extranjera en tierra ajena, y que los reducirían a servidumbre y los maltratarían por cuatrocientos años. Pero yo juzgaré, dijo Dios, a la nación de la cual serán siervos; y después de esto saldrán y me servirán en este lugar. Le dio el pacto de la circuncisión, y así Abraham engendró a Isaac, y lo circuncidó al octavo día; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas."

Esteban prosiguió ahora relatando la historia desde Abraham, hasta el período patriarcal. Habló de los hermanos de José quienes, motivados por envidia y odio, vendieron a José a la esclavitud en Egipto. Luego contó cómo Dios anuló los planes de sus hermanos y usó a José para salvarles. Lo que tenemos aquí es realmente la interpretación del Espíritu Santo del Antiguo Testamento. Eso es lo que hace que esta sección sea una sección especialmente notable. Continuemos ahora con los versículos 9 hasta el 16:

"Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él y lo libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante del faraón, rey de Egipto, el cual lo puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa. Hubo entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y gran tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos. Cuando oyó Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez. Y en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y fue manifestado al faraón el linaje de José. José envió a buscar a su padre Jacob y a toda su familia, en número de setenta y cinco personas. Así descendió Jacob a Egipto, donde murió él y también nuestros padres, los cuales fueron trasladados a Siquem y puestos en el sepulcro que Abraham, a precio de dinero, había comprado a los hijos de Hamor en Siquem."

Ahora, Esteban llegó a otro período en la historia de esta nación. Y les hizo recordar su liberación de Egipto. Dios convirtió a Moisés en el libertador. Y mostró que en el principio, los hijos de Israel se negaron a seguir a Moisés, y que Moisés tuvo dificultades con ellos por todo el camino a través del desierto. Continuemos con los versículos 17 hasta el 21:

"Pero cuando se acercaba el tiempo de la promesa que Dios había jurado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, hasta que se levantó en Egipto otro rey que no conocía a José. Este rey, usando de astucia con nuestro pueblo, maltrató a nuestros padres hasta obligarlos a que expusieran a la muerte a sus niños para que no se propagaran. En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable a Dios; y fue criado tres meses en casa de su padre. Pero siendo expuesto a la muerte, la hija del faraón lo recogió y lo crió como a hijo suyo."

Los comentarios que Esteban añadió confirmaron algunas de las cosas que ya dijimos cuando estudiamos acerca de Moisés. Si Ramsés II había sido el Faraón de la opresión, Moisés podría haber sido el próximo Faraón. La hija de Faraón le crió como a su propio hijo. Es que Faraón no tenía hijos, y por tanto, a Moisés le habría correspondido ser su sucesor en el trono. Ahora, el versículo 22 dice:

"Moisés fue instruido en toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en sus palabras y obras."

Moisés fue criado en medio de la sabiduría de los egipcios. La sabiduría de los egipcios no puede ser ignorada aun en nuestra época. Habían desarrollado las matemáticas, la química, la ingeniería, la arquitectura, y la astronomía en un alto grado. Habían desarrollado estos campos de estudio de una manera realmente extraordinaria. Consideremos las pirámides, por ejemplo; y los colores que hallamos en las tumbas; colores que han permanecido brillantes durante el paso de los siglos. Ellos eran verdaderos expertos en cuanto al embalsamamiento de cadáveres. También habían calculado la distancia existente entre la tierra y el sol. Realmente, su cultura fue muy avanzada.

Moisés, pues, disfrutó de todas las ventajas de aquel entonces, siendo criado como hijo de la hija de Faraón. Fue enseñado en toda la sabiduría de los egipcios. Fue sobresaliente en todo. Sin embargo, él no estaba preparado para guiar al pueblo de Dios. Todos los conocimientos del mundo de aquel entonces, no le capacitaron como para guiar al pueblo. Y de la misma manera, toda la sabiduría que los hombres tienen hoy, no es suficiente para que puedan comprender la Palabra de Dios. Les resulta demasiado difícil. ¿Por qué? Porque como dijo el apóstol Pablo en su primera carta a los Corintios, capítulo 2, versículo 14: "pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente". Por tanto, después de cuarenta años de formarse en la sabiduría de Egipto, Dios le envió al desierto. Y allí Dios le preparó adecuadamente para ser el libertador. Bien, continuemos con los versículos 23 al 25 de este capítulo 7 de los Hechos. Continuó Esteban hablando y dijo:

"Cuando cumplió la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, y dando muerte al egipcio, vengó al oprimido. Él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya, pero ellos no lo habían entendido así."

Fíjese usted que Moisés hizo algo que consideró bien hecho. Tuvo la intención de liberar a sus hermanos. Pero ellos en realidad, no lo entendieron así. En verdad, Moisés tampoco lo entendió. Todavía no había alcanzado la madurez y Dios, entonces, necesitó llevarlo al desierto. Continuemos con los versículos 26 al 28:

"Al día siguiente se presentó a unos de ellos que reñían, e intentaba ponerlos en paz, diciéndoles: Hermanos sois, ¿por qué os maltratáis el uno al otro?. Entonces el que maltrataba a su prójimo lo rechazó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? ¿Quieres tú matarme como mataste ayer al egipcio?."

Imaginemos el temor de Moisés en esta situación. Continuemos con los versículos 29 al 31:

"Al oír esta palabra, Moisés huyó y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos. Pasados cuarenta años, un ángel se le apareció en el desierto del monte Sinaí, en la llama de fuego de una zarza. Entonces Moisés, mirando, se maravilló de la visión; y al acercarse para observar, vino a él la voz del Señor"

Moisés había querido liberar a los hijos de Israel, pero no estaba preparado para hacerlo, y los israelitas tampoco estaban preparados para aceptarlo como libertador. No estaban dispuestos a aceptar su liderazgo, y hasta se opusieron. Ahora, Dios le llamó para ser el libertador. Leamos los versículos 32 al 34, de este capítulo 7 de los Hechos:

"Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Y Moisés, temblando, no se atrevía a mirar. Le dijo el Señor: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. Ciertamente he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he oído su gemido y he descendido para librarlos. Ahora, pues, ven, te enviaré a Egipto."

Dios le dijo a Moisés que Él había oído la queja de ellos. Él vio su necesidad. Fue por eso que los liberó. Y fue por la misma causa, estimado oyente, que proveyó un Salvador para nosotros, para usted y para mí. No fue porque nosotros fuésemos unas buenas personas. No miró aquí abajo diciendo. ¡De ninguna manera! Dios miró aquí abajo y no vio nada sino a pecadores contaminados, con una inclinación natural al mal. Todos estábamos en un estado de perdición. Pero, Él nos amó a pesar de nuestra condición tan lamentable. Ahora, el versículo 35 de los Hechos dice:

"A este Moisés, a quien habían rechazado diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez?, a éste envió Dios como gobernante y libertador por mano del ángel que se le apareció en la zarza."

Observemos el énfasis que se puso sobre el ministerio de los ángeles en la vida de la nación de Israel. Veremos también que el ministerio de los ángeles fue prominente a través de toda su historia. La ley misma fue dada a Moisés por medio del ministerio de los ángeles.

Oímos hablar mucho acerca de los ángeles en el tiempo de la Navidad. ¿A quiénes se dirigieron los ángeles? Y, ¿para qué? Tenían un mensaje para el pueblo de Israel; para María, para José, para Zacarías, y para los pastores. Ahora, Dios no está enviando mensajes por medio de los ángeles durante este período de la Iglesia. Pero, en contraste, los ángeles sí se aparecieron y trajeron mensajes de Dios para los miembros de la nación de Israel. Y ahora Esteban continuó describiendo las experiencias en el desierto. Continuemos con los versículos 36 al 39 de este capítulo 7 de los Hechos:

"Éste los sacó, habiendo hecho prodigios y señales en tierra de Egipto, en el Mar Rojo y en el desierto por cuarenta años. Este Moisés es el que dijo a los hijos de Israel: Profeta os levantará el Señor vuestro Dios de entre vuestros hermanos, como a mí; a él oiréis. Este es aquel Moisés que estuvo en la congregación en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, y con nuestros padres, y que recibió palabras de vida para darnos. Pero nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo desecharon, y en sus corazones se volvieron a Egipto"

Ahora, Israel no se volvió a Egipto en un sentido físico, material. Pero, en sus corazones, regresaron a Egipto muchas veces. De la misma manera, hoy hay quienes dicen que deploran ciertos pecados del mundo y los pecados de la naturaleza humana, pero no los pueden apartar de su mente. Siempre es tan fácil señalar con el dedo a otros, condenándolos por su pecado. Pero, hay ciertas preguntas que debemos hacernos. ¿Me gustaría a mí vivir así? ¿Dónde está mi corazón? Israel pues, se volvió a Egipto en su corazón. No querían salir al desierto. Ahora, dice el versículo 40:

"cuando dijeron a Aarón: Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque a este Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto no sabemos qué le haya acontecido."

No sabían lo que le había ocurrido a Moisés, ni les importaba. Habían rechazado a Moisés. Dice el versículo 41:

"Entonces hicieron un becerro, ofrecieron sacrificio al ídolo y en las obras de sus manos se regocijaron."

Esteban está mostrándole a esta gente, que Israel siempre ha sido un pueblo rebelde. Ahora leamos el versículo 42 de este libro de los Hechos, capítulo 7:

"Dios se apartó de ellos y los entregó a que rindieran culto al ejército del cielo; como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios en el desierto por cuarenta años, casa de Israel?"

Es decir, se volvieron a la idolatría. Es por eso que vemos que Moisés, y más tarde Josué, imploraron al pueblo que escogiera a Dios y se apartara de sus ídolos. Ahora, leamos los versículos 43 al 46 de este capítulo 7 de los Hechos:

"Antes bien llevasteis el tabernáculo de Moloc y la estrella de vuestro dios Refán, figuras que os hicisteis para adorarlas. Os transportaré, pues, más allá de Babilonia. Tuvieron nuestros padres el Tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios cuando dijo a Moisés que lo hiciera conforme al modelo que había visto. El cual, recibido a su vez por nuestros padres, lo introdujeron con Josué al tomar posesión de la tierra de los gentiles, a los cuales Dios arrojó de la presencia de nuestros padres hasta los días de David. Éste halló gracia delante de Dios y pidió proveer tabernáculo para el Dios de Jacob."

Ahora, destacaremos aquí que el templo fue la idea de David. Siempre hemos creído que debía haberse llamado "el templo de David", aunque Salomón fue el que lo edificó. Ahora, los versículos 47 al 50 dicen:

"Pero fue Salomón quien le edificó Casa, si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano, como dice el profeta: El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me edificaréis? dice el Señor; ¿O cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hizo mi mano todas estas cosas?""

Ahora, Esteban llegó al momento de su discurso en que condenó a las autoridades religiosas de aquel entonces. Escuche usted los versículos 51 al 53. Dijo Esteban:

"¡Duros de cerviz! ¡Incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros resistís siempre al Espíritu Santo; como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, a quien vosotros ahora habéis entregado y matado; vosotros que recibisteis la Ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis."

Ahora, físicamente, estos hombres habían cumplido el rito de la circuncisión. Pero, desde el punto de vista espiritual, en sus corazones y en sus oídos, eran incircuncisos, o sea, no circuncidados. Es decir, que eran tercos y en ninguna manera estaban más dispuestos a escuchar a Dios, que lo que estuvieron sus antepasados durante todos esos años.

Este fue un discurso sobresaliente. Esteban les recordó su liberación de Egipto. Dios mismo había nombrado como libertador a Moisés, pero los israelitas se negaron a obedecerle. La experiencia en el desierto consistió en una serie de rebeliones contra Dios, que culminó con la fabricación de un becerro de oro. Más adelante en la historia, una verdadera plaga de idolatría se propagó nuevamente en la tierra, como consecuencia de la cual fueron llevados al cautiverio babilónico. Ahora, Esteban concluyó esta presentación hablando de Josué (cuyo nombre equivale a la palabra griega Jesús) quien les guió hasta la tierra prometida, y de Jesús, el Único camino al cielo. Dijo que la ley les había sido dada sobrenaturalmente por el ministerio de ángeles y que ellos no la obedecieron. Creemos que ellos se acordarían que el nacimiento de Jesús fue anunciado por los ángeles. Evidentemente, ellos mismos habían sido sus traidores y asesinos.

Pasemos ahora a considerar

El martirio de Esteban

Esteban fue el primer mártir de la iglesia cristiana. También en esta sección del capítulo 7 de los Hechos, se nos presenta por primera vez a Saulo de Tarso. Leamos el versículo 54 de este capítulo 7 de los Hechos:

"Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones y crujían los dientes contra él."

¡Observemos cómo odiaban a Esteban por hablar lo que hablaba! Dice el versículo 55:

"Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús que estaba a la derecha de Dios"

Dios es Espíritu. ¿Cómo entonces puede tener Dios una parte derecha? Bueno, esto quiere decir que la derecha de Dios es un lugar de gran importancia, el lugar de honor. Dios había prometido a Jesucristo que le glorificaría, y le daría el más excelente de todos los nombres. Jesucristo fue exaltado. Y está ahora a la derecha de Dios. Eso quería decir que Su obra fue completada y la redención ya había sido consumada. Pero eso no quiere decir que Él no esté aún trabajando a favor nuestro. Y no hay duda que Él estaba allí en aquella ocasión, listo para recibir a Su primer mártir. Leamos los versículos 56 al 58 de este capítulo 7 de los Hechos:

"y dijo: Veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios. Entonces ellos, gritando, se taparon los oídos y arremetieron a una contra él. Lo echaron fuera de la ciudad y lo apedrearon. Los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo."

Estos dos jóvenes: Esteban y Saulo; se encontraron aquí juntos por primera vez, por única vez, y por última vez. Y se encontraron como enemigos. Se encontraban en lados opuestos de la cruz de Cristo. Y los versículos finales de este capítulo 7, versículos 59 y 60 dicen:

"Mientras lo apedreaban, Esteban oraba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu». Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Habiendo dicho esto, durmió."

Sí, Esteban durmió. Jesús puso a dormir su cuerpo para esperar el arrebatamiento de la iglesia. Esteban entró en la presencia de Cristo, quien estaba allí listo para recibirle. Esteban fue el primer mártir de la Iglesia, que fue para estar con su Señor.

El otro joven que allí se encontraba, era fariseo y creía que lo tenía todo. Debió mirar al cielo cuando Esteban dijo que había visto los cielos abiertos. Pero aunque Saulo miró con atención al cielo cuando Esteban afirmó que veía el cielo abierto, suponemos que tuvo que admitir: "No veo nada, pero me gustaría ver lo que él ve. Pero yo tengo un corazón muy vacío". Esteban fue un gran testigo ante Saulo. Personalmente creo que él fue el que preparó a Saulo quien, como dijimos, luego sería conocido como el apóstol Pablo, para la aparición del Señor Jesucristo en el camino de Damasco, como veremos más adelante.

Hemos visto a Esteban morir y contemplar inmediatamente a Jesús en la presencia de Dios. Estimado oyente, así sucede con todo aquel que por la fe ha creído en el Señor Jesucristo como su Salvador.

La primera persecución de la iglesia






                                         Hechos 4:1-24

La primera persecución de la iglesia

"Mientras ellos hablaban al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del Templo y los saduceos, resentidos de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de entre los muertos."

Quisiéramos resaltar aquí algo que es realmente sorprendente, si no lo ha notado ya. ¿Quiénes fueron los que encabezaron la persecución contra el Señor Jesús y que por fin lograron que fuera arrestado y llevado a la cruz? Fueron las autoridades religiosas, especialmente los fariseos. Ellos fueron los enemigos de Cristo cuando Él estuvo en la tierra. Ahora, sabemos que más adelante algunos fariseos fueron salvados. Sabemos por ejemplo que Nicodemo fue salvo y también José de Arimatea, que probablemente era fariseo. Sabemos también que Saulo de Tarso era fariseo. Al parecer había muchos otros fariseos que llegaron a un conocimiento salvador del Señor Jesucristo. Después de que los fariseos hubieron acabado con el Señor Jesús, su enemistad y su rencor pasaron. Pero ahora tenemos a los saduceos quienes no creían en la resurrección y entonces fueron ellos los que se constituyeron en enemigos contra los apóstoles, que estaban proclamando la resurrección de Jesucristo.

Los saduceos de nuestros tiempos son los que niegan lo sobrenatural. Niegan la Palabra de Dios con sus labios y con sus vidas. Y es importante que veamos que, como los saduceos de aquel entonces, los saduceos de nuestro tiempo tratan de oponerse a cualquiera que predique la resurrección. Ellos permiten que se predique acerca de Jesús y que uno diga que Jesús fue una persona amable, buena y tolerante. Y si usted lo hace así, pues, no se hallará en problemas. Pero sí se encontrará con oposición si usted predica a Jesucristo como el poderoso Salvador que vino a esta tierra, denunció el pecado y murió en la cruz por los pecados de los seres humanos, y luego resucitó con gran poder. Ese es el mensaje impopular. Cuando los apóstoles lo predicaron, estos saduceos les llevaron ante el Sanedrín, supremo tribunal religioso de los judíos. Leamos los versículos 3 y 4 de este capítulo 4 de los Hechos:

"Y les echaron mano y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde. Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los hombres era como cinco mil."

Ahora, no olvidemos que todo esto ocurrió en el pórtico de Salomón, después que Pedro predicó su sermón. Si fueron salvados unos cinco mil hombres solamente, ¿cuántas mujeres y niños más creerían? Fue sin duda alguna una gran multitud de personas la que se convirtió a Cristo en aquella ocasión. Aquella, espiritualmente hablando, fue una verdadera pesca milagrosa que, por sus dimensiones, no se repetiría en toda la historia de la iglesia.

Siempre hemos sido reacios a criticar a Simón Pedro. No podemos menos que amarle porque, en medio de los contrastes de su carácter, amaba profundamente al Señor. Y no hay la menor duda que Dios le usó en esta ocasión de una manera grande y poderosa. Los versículos 5 y 6 de este capítulo 4 de los Hechos dicen:

"Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes, los ancianos y los escribas, y el sumo sacerdote Anás, y Caifás, Juan, Alejandro y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes;"

Ya habíamos visto antes a este grupo. También estaban allí, y con toda su astucia, Anás y Caifás, los dos hombres que condenaron a muerte a Jesús. Ahora, el versículo 7 dice:

"y poniéndolos en medio, les preguntaron: ¿Con qué potestad o en qué nombre habéis hecho vosotros esto?"

Vemos que Pedro y Juan fueron traídos ante el Sanedrín. Esto ocurrió después que el cojo había sido sanado y Pedro había predicado su segundo sermón. El Sanedrín quiso entonces saber con qué poder y en qué nombre hacían ellos estas cosas. Y veamos la respuesta de Pedro, aquí en los versículos 8 hasta el 12 de este capítulo 4 de los Hechos. Leamos primero el versículo 8:

"Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo y ancianos de Israel"

Ahora, fíjese usted que dice aquí que Pedro estaba lleno del Espíritu Santo. No dice que fuera bautizado con el Espíritu Santo en esta ocasión. El ya había sido bautizado con el Espíritu. Pero dice que Pedro fue lleno del Espíritu Santo, lo cual le capacitó para anunciar el Evangelio por medio de la predicación. Y a usted y a mi, estimado oyente, nos hace falta también la plenitud del Espíritu Santo. Esto es algo que debiéramos buscar; es algo que debiéramos anhelar. Ellos habían tenido que quedarse y esperar el día de Pentecostés, día en que todos fueron bautizados en un cuerpo. En ese día sí fueron bautizados en el cuerpo que es la iglesia de Cristo. Si usted viene a Jesucristo hoy, estimado oyente, será bautizado con el Espíritu Santo y colocado en el cuerpo de creyentes, en el mismo momento en que usted es regenerado. Continuemos leyendo los versículos 9 y 10:

"Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste ha sido sanado, sea notorio a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano."

Ahora, notemos que hasta este momento, cada vez que Pedro abría su boca, metía la pata, como solemos decir en una conversación informal o coloquial. Pero, esta vez, Pedro, como diría Pablo en su carta a los Efesios, tenía sus pies calzados con el celo por anunciar el evangelio de la paz. Estaba lleno del Espíritu Santo, es decir, controlado por el Espíritu Santo, y dijo exactamente lo que debía decir. Observemos su aguda observación, haciendo notar que estaban siendo interrogados por el bien hecho a un enfermo, para saber de qué manera había sido sanado. Continuemos leyendo el versículo 11:

"Este Jesús es la piedra rechazada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo."

Pedro destacó dos cosas en cuanto al Señor Jesús. La primera, que fue crucificado y que resucitó de los muertos. Y la segunda, que Jesucristo era la piedra, la roca. En Mateo 16:18, vemos que Jesús había dicho: ". . . sobre esta roca edificaré mi iglesia". Ahora, ¿Quién era la roca? La Roca era Cristo mismo. Observemos que Pedro dijo: "Este Jesús es la piedra". ¿Cuál era la piedra? ¿Era la Iglesia, o era Simón Pedro? No. Era el Señor Jesucristo. Como Pedro mismo diría en su primera carta 2:7, Jesús, la piedra que los constructores despreciaron, se ha convertido en la piedra principal del edificio. Esto ha sido logrado por medio de la resurrección. Es evidente que la resurrección es el hecho central en la predicación del evangelio. Y Pedro añadió en el versículo 12:

"Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos."

Ahora, recordemos que la pregunta fue: ¿Con qué poder y en qué nombre habéis hecho estas cosas? Y después de explicar la fuente del poder, como vemos en este versículo, Pedro se refirió al nombre. Es decir que Pedro recordó el nacimiento de Jesús las instrucciones del ángel, en el capítulo 1 del evangelio según San Mateo, versículo 21, cuando el ángel habló con José y le dijo: "Y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados". Estimado oyente, Él es el Salvador. Éste fue su nombre desde el principio. Cuando uno acepta este nombre, lo hace aceptando todo lo que Su persona implica. Y Pedro dejó en claro, y nosotros queremos dejarlo en claro también y enfatizar el hecho de que cuando usted, estimado oyente, acude a Jesucristo, usted viene a Él para salvación. No hay otro nombre bajo el cielo que pueda salvarle. La ley no le puede salvar. La religión tampoco le puede salvar. Una ceremonia tampoco puede salvarle. Solo uno, el nombre de Jesús le puede salvar. Jesús es el nombre de aquella persona que descendió a esta tierra para salvar a Su pueblo de sus pecados. Cuando alguien acude a Él por fe, esa persona se salva. No hay otro a quien acudir para poder obtener la salvación. Si usted acude a Él, si confía en Cristo, entonces usted será salvo. Ese paso garantiza su salvación.

¿No es interesante que en la larga historia de este mundo, y entre todas las religiones del mundo, con todo el dogmatismo que estas religiones presentan, ninguna de ellas puede ofrecer la certeza de una salvación segura? Y éste fue también el gran mensaje de Simón Pedro, mensaje que dio mientras estaba lleno del Espíritu Santo. Y ésta fue una gran afirmación para concluir su mensaje ante el Sanedrín. Continuemos ahora con el versículo 13 de este capítulo 4 de los Hechos:

"Entonces viendo la valentía de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se admiraban; y les reconocían que habían estado con Jesús."

Los que les escucharon sabían que estos hombres no tenían estudios ni una formación cultural, como para expresarse de esta manera. Pero, los hombres del Sanedrín notaron que ellos habían estado con Jesús. ¡Cuán maravilloso es tener una vida que de un modo u otro, dirija la atención de los demás hacia la persona del Señor Jesucristo! Continuemos con los versículos 14 y 15 de este capítulo 4 de Hechos:

"Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. Entonces les ordenaron que salieran del Concilio; y deliberaban entre sí"

¿Cree usted que por fin, al ver personalmente al hombre sanado, y después de haber escuchado el discurso de Pedro, fueron acaso conmovidos? ¡No! De ninguna manera. Esto se observa al ver la forma en que continuaron con su conferencia. Ahora leamos el versículo 16:

"diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque, de cierto, señal evidente ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que viven en Jerusalén, y no lo podemos negar."

Ni aun los saduceos de aquel entonces pudieron negar que un milagro había sido hecho en aquel hombre enfermo. Tienen que ser personas que viven en el siglo veintiuno, alejadas por una gran distancia en el tiempo, quienes niegan la existencia de los milagros. Y quisiéramos decir aquí que si algunos de estos escépticos de nuestro tiempo hubieran estado allí en aquel entonces, habrían tenido muchas dificultades para negar el milagro. Incluso los escépticos de aquella época tuvieron que reconocer que un milagro había tenido lugar.

Hay muchas personas en la actualidad que dicen que si tan solo les fuera posible presenciar un milagro, entonces creerían. Pero, eso no es verdad. Esta multitud aquí en el capítulo 4 de los Hechos había visto un milagro, lo reconoció, pero no creyó. Y usted y yo, estimado oyente, tenemos la misma naturaleza humana que tenía aquella gente. El problema aquí no pertenece al área de la mente. Es un problema de la voluntad y el corazón. Es el corazón, lo que es por naturaleza perverso. La incredulidad, es decir, la dificultad para creer, no proviene de la falta de evidencias; el problema radica en la condición del corazón humano, que tiene la culpa de que no tengamos suficiente fe. Ahora, observemos que estas autoridades continuaban conspirando y dijeron, aquí en los versículos 17 y 18 de este capítulo 4 de Hechos:

"Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémoslos para que no hablen de aquí en adelante a hombre alguno en este nombre. Entonces los llamaron y les ordenaron que en ninguna manera hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús."

Ahora, los apóstoles tenían una respuesta lista para ellos. Veámosla en los versículos 19 al 22 de este capítulo 4 de los Hechos:

"Pero Pedro y Juan respondieron diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.Ellos entonces, después de amenazarlos, los soltaron, no hallando ningún modo de castigarlos, por causa del pueblo, porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho, ya que el hombre en quien se había hecho este milagro de sanidad tenía más de cuarenta años."

Uno creería que el corazón de los hombres del Sanedrín habría sido enternecido por esta declaración. Pero, no sucedió así, sino todo lo contrario, ya que sus corazones se endurecieron aún más. Leamos los versículos 23 y 24 de este capítulo 4 de los Hechos, que inician un párrafo titulado,

El poder del Espíritu Santo

"Al ser puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. Ellos, al oírlo, alzaron unánimes la voz a Dios y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay"

Veamos esta escena. Pedro y Juan habían sido puestos en libertad, habían regresado a la Iglesia y dieron su informe. Tenemos aquí una descripción de una gran reunión de la Iglesia primitiva. Y creemos la condición espiritual de la iglesia nunca ha estado después en un nivel tan alto como éste que aquí observamos. Hallamos la clave de esto en su oración. No fue simplemente una oración cualquiera. Fue un himno de alabanza en el cual dijeron "Soberano Señor, tú eres el Creador". Tememos que algunos que en la actualidad profesan ser cristianos, no estén tan seguros como para poder afirmar lo mismo que con absoluta convicción proclamaron aquellos antiguos cristianos; de que el Señor es Dios y Creador. ¿Estimado oyente, el Señor es Dios; ¿está usted seguro de que el Señor Jesús es Dios? Es que se trata de un asunto muy importante.

Esta falta de seguridad caracteriza hoy a muchos que pretenden aceptar una especie de cristianismo "a la carta". Se trata de no desentonar con el ambiente general, que acepta un cristianismo "light", libre de todo compromiso con la fe Bíblica, que tolera e incluso promueve una actitud de duda permanente ante las afirmaciones de las Sagradas Escrituras y rechaza, de manera especial, todos los elementos sobrenaturales del relato Bíblico, tanto del Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Se ponen en duda eventos relacionados con la vida y milagros de Jesús, Su muerte y su Resurrección de los muertos. De la misma manera se niega la acción del Espíritu Santo en el mundo actual, su obra de llevar a las personas a una convicción de su pecado y rebelión contra Dios, y de transformar a las personas que creen en el Señor Jesucristo como su Salvador en nuevas personas, por medio de un nuevo nacimiento espiritual. Parece como si algunos sectores llamados cristianos se estuviesen desmoronando, por la pérdida de convicciones firmes y, en consecuencia, han perdido el poder divino que caracterizó a la iglesia del primer siglo y, en consecuencia, han perdido también su impacto en la sociedad. Se piensa más en métodos para atraer a la gente, que en movilizar a los cristianos para que proclamen el mensaje de las buenas noticias, el mensaje de la resurrección y la victoria de Jesucristo sobre las fuerzas del mal. Sería trágico que algunos estuvieran más interesados en constituir clubes religiosos que en aceptar las consecuencias que el sacrificio de Jesucristo en la cruz y su triunfo sobre la muerte tienen para los seres humanos de nuestro tiempo.

Ante toda incertidumbre y falta de definición por parte de muchos, resulta inspirador contemplar a aquel intrépido grupo que, acosado por sus adversarios, sin ningún apoyo por parte de los poderes públicos, y con escasos recursos materiales y humanos, se dirigió a Dios en oración, ensalzando y honrando Su nombre. Y cuando un grupo de cristianos se expresa con esta sencilla confianza en Dios, Él escucha estas oraciones, Él manifiesta Su presencia, Él actúa con poder y ese poder se hace evidente de tal manera que supera todas las expectativas. Y entonces, nadie puede atribuir los resultados a las circunstancias humanas, ni a la retórica de ningún ser humano en especial. Estas son las oraciones expresadas para que las escuche Dios, y no para impresionar a los oyentes. Claro que aquellos hombres y mujeres creían que Jesucristo era Dios, y conocían las tremendas implicaciones de permitir que el Espíritu Santo de Dios actuase entre ellos y por medio de ellos. Por todo ello, estimado oyente, le invitamos hoy a escuchar, desde las páginas de la Biblia, esta invitación a cambiar de dirección, a dirigirse a Dios en oración, por medio del único camino para llegar a Él, es decir, por medio del Señor Jesucristo. No le quepa a usted la menor duda de que Él le demostrará que ha oído su oración y su ruego. Es que Dios se encuentra muy cerca. Más cerca de lo que usted se imagina.

EL PODER DE DIOS ATRAVES DEL ESPIRITU SANTO





                                          Hechos 1:4-26

"Y estando juntos, les ordenó: No salgáis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de mí"

Este es el final de la larga oración gramatical de 2 versículos. Los apóstoles debían esperar la venida del Espíritu Santo. Hasta que aquel evento tuviese lugar, Sus órdenes consistían en esperar la promesa del Padre. Ahora, el versículo 5 dice:

"porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días."

El Cristo resucitado se apareció a los apóstoles y les dio estas instrucciones. Les dijo que algo les sucedería. Serían bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. Este bautismo del Espíritu Santo era la promesa del Padre. Y Jesús ya les había hablado acerca de ello.

Es importante notar que aquí no se estaba hablando acerca del bautismo con agua, el cual es un bautismo ceremonial. En este pasaje se habla del bautismo del Espíritu Santo. El bautismo del Espíritu Santo es un verdadero bautismo. Es este bautismo del Espíritu Santo, lo que coloca al creyente dentro del cuerpo de los creyentes, al cual nos referimos como la Iglesia.

Cuando lleguemos al segundo capítulo que habla de la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, veremos que fueron llenos del Espíritu Santo. Eso era necesario para que pudieran servir. El hecho de que fueron llenos del Espíritu Santo para llevar a cabo su servicio, indica que los otros ministerios del Espíritu Santo también habían sido realizados. Pero, en nuestro estudio del capítulo 2 entraremos en más detalles al respecto. Leamos ahora el versículo 6 de este capítulo 1 de Hechos:

"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?"

Usted tal vez ha notado que algunos de los comentaristas han criticado a los apóstoles por haber hecho esta pregunta. Creen que los apóstoles se equivocaron al hacerla. Pero, creemos que la respuesta que el Señor les dio, indica que no se equivocaron en lo absoluto. Su pregunta fue legítima y natural, y nuestro Señor la contestó como tal y no les reprochó nada.

Los apóstoles conocían bien el Antiguo Testamento. Habían esperado la venida del Mesías. Comprendían que el Mesías sería el que establecería el reino sobre esta tierra. Ésa era su esperanza. Y ésta a propósito, es todavía la única esperanza para esta tierra. Dios no ha acabado su trato con esta tierra. Dios tiene un propósito eterno para la tierra, y fue precisamente en cuanto a este reino de Dios de lo que hablaron y que incluía el restablecimiento de la casa real de David. Éstas fueron las cosas de las cuales habló Jesús después de Su resurrección. Vimos en el versículo 3 que les habló "acerca del reino de Dios". Veamos ahora la respuesta que Jesús les dio, aquí en el versículo 7:

"Les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones que el Padre puso en su sola potestad"

Les informó de que en este tiempo en particular, el reino no sería establecido. Entonces, más bien, tomaría de todas las naciones un pueblo para Su nombre, es decir, la Iglesia. En el capítulo 15 de este libro de los Hechos, cuando los apóstoles se reunieron para el primer concilio en Jerusalén, Jacobo les hizo notar esto. Dice en el capítulo 15, versículos 14 al 18: "Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones, sobre las cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos."

Esto es lo que Dios está haciendo en la actualidad. Está visitando a los seres humanos para tomar de ellos un pueblo en el que se invoque Su nombre. Dios está llamando del mundo a personas que confíen en Cristo, y que el Espíritu Santo bautiza uniéndoles al cuerpo de creyentes, es decir, a la iglesia.

Por tanto, cuando los apóstoles le preguntaron a Jesús si restauraría el reino "en este tiempo", su respuesta fue que éste no era el tema para discutir en aquella época. Ni tampoco es el tema para discusión hoy. Muchos preguntan hoy: "¿No cree usted que Cristo vendrá pronto?" Bueno, estimado oyente, permítame decirle algo. Yo sí creo que vendrá pronto, pero no tengo ningún derecho, ni autoridad para decirle a usted que vendrá pronto, porque no lo sé. Es que, ni a usted ni a mi nos corresponde saber los tiempos o las ocasiones. Eso no es lo importante para nosotros. Ahora, le aseguro que creo en la profecía. Sin embargo, creo que podemos llegar a poner demasiado énfasis en la profecía. Creo que para crecer en la fe hace falta algo más que un estudio profético.

Entonces, ¿cuál es nuestra misión en la actualidad? Observemos una vez más, que nuestro Señor no reprendió a Sus discípulos por la pregunta que le habían hecho. En lugar de eso, les enseñó que Él pensaba en otra cosa. Él les dijo: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones, que el Padre tiene autoridad para hacer. . ." Pero escuche usted, aquí está Su misión explicada en el versículo 8:

"pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra."

Ésta es la comisión que todavía está en vigor en el día de hoy. Esta comisión no fue solamente a una institución corporativa, o sea a la Iglesia como un cuerpo. En realidad es más bien una comisión muy personal, un mandato que fue dado a cada creyente, individualmente. Esta comisión fue encargada a estos hombres aun antes de que el Espíritu Santo hubiera venido y formado la Iglesia.

Éste, pues, un mandamiento personal que es para usted y para mi, estimado oyente. Es nuestra misión, es nuestro trabajo, propagar la Palabra de Dios en el mundo. No podemos decir que le toca a la Iglesia enviar a los misioneros para proclamar el evangelio por medio de ellos, y quedarnos nosotros de brazos cruzados. Lo verdaderamente importante es lo que usted y yo estemos haciendo individualmente para proclamar la Palabra de Dios. ¿Ha llegado usted hasta lo último de la tierra como testigo del evangelio? ¿Ayuda usted a un misionero que sí lo ha hecho? ¿Colabora usted con un programa radio que difunde la Palabra de Dios? ¿Se ha comprometido usted personalmente con esa misión? Eso es lo importante.

Dios quiere que los seres humanos se salven. Esta es nuestra misión. Pero para poder propagar el evangelio necesitamos poder. Esa fue su promesa - "recibiréis poder". Y necesitamos de la guía del Señor. Ante esta gran tarea, no hay ningún poder en nosotros, aunque sí hay poder en el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien se mueve a través de una persona, a través de alguna iglesia, o por medio de un programa de radio. La cuestión es si nosotros le permitimos actuar por medio nuestro.

El asunto es si le permitimos obrar por medio nuestro. Recordemos la promesa: "Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, ? dice el versículo 8, y continúa diciendo ? y me seréis testigos. . . ." Es decir, nuestro testimonio es en cuanto a Cristo. Él es el centro de atracción. Luego dice: "en Jerusalén", es decir en nuestro pueblo natal; si no lo hay, debiera haber un testimonio para Cristo. Toda Judea, se refiere a la vecindad, a nuestra comunidad. Samaria, está donde viven aquellos con quienes no nos relacionamos. Es posible que no nos reunamos con ellos socialmente, pero tenemos la responsabilidad y el privilegio de llevarles el evangelio.

Por último, este testimonio para Cristo debe llegar hasta los confines de la tierra. Nunca debemos perder de vista el hecho de que ésta es la intención del Señor. Él nos ha dicho que si le amamos, guardemos Sus mandamientos. Este mandamiento es personal. No podemos evadirnos de esta carga diciendo que la Iglesia lo está cumpliendo y que por tanto, no tenemos que comprometernos con ello. Estimado oyente, ¿hasta que punto se ha comprometido usted? ¿Hasta donde llega usted en su testimonio para Cristo? Pasemos ahora a considerar la ascensión y la promesa del regreso de Jesús. Leamos el versículo 9 de este capítulo 1 de los Hechos, para iniciar un nuevo párrafo titulado:

La ascensión y la promesa del regreso de Jesús

"Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y lo recibió una nube que lo ocultó de sus ojos."

La ascensión del Señor Jesucristo fue un milagro importante y significativo en el ministerio del Señor. Las Escrituras dicen que sólo hubo una nube para recibirle.

¿Qué clase de nube sería? ¿Sería una nube común de vapor de agua? De ninguna manera. Ésta fue la misma nube de gloria, la gloria ?shekina? que llenó el tabernáculo en los tiempos del Antiguo Testamento. En su oración como Sumo Sacerdote, Él había orado lo siguiente en el capítulo 17 del evangelio según San Juan, versículo 5: "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera". Cuando Cristo nació en el mundo, fue envuelto en pañales. Cuando salió de la tierra, fue envuelto en nubes de gloria. Así fue como el regresó a la derecha del Padre celestial.

Mientras los apóstoles observaban esta escena, dos ángeles con el aspecto de hombres se les aparecieron y les comunicaron un mensaje importante. Leamos los versículos 10 y 11 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales les dijeron: Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo"

Fue Jesús glorificado quien subió al cielo. Este mismo Jesús, el Jesús glorificado vendrá así como se fue, y al mismo lugar. El profeta Zacarías en el capítulo 14 de su profecía, versículo 4, nos dijo lo siguiente: "En aquel día se afirmarán sus pies sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén, al oriente; El monte de los Olivos se partirá por la mitad, de este a oeste, formando un valle muy grande; la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur". Volviendo ahora al capítulo 1 de los Hechos, leamos el versículo 12:

"Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, recorriendo la distancia que la ley permitía recorrer en sábado."

La limitada distancia que podían recorrer, de acuerdo con la ley mosaica, alrededor de un kilómetro, hacía que la gente no se desplazase muy lejos de su lugar de residencia. Por tal motivo creemos que todos los discípulos se quedaron muy cerca del templo durante los días de fiesta, cuando llegaron a Jerusalén para adorar. El monte de los Olivos probablemente estaba cubierto por varios miles de personas, que estarían acampadas allí durante la época de las fiestas. ¿Por qué? Porque según dicha ley, tenían que quedarse dentro de un día de reposo de camino del templo. Continuemos con los versículos 13 y 14 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Cuando llegaron, subieron al aposento alto, donde se alojaban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos."

Nos alegramos que María la madre de Jesús estuviera allí. Ella entonces estaba libre de cualquier duda que hubiera existido con relación al nacimiento virginal de Jesús. En aquellos momentos, la actitud de los apóstoles y de los creyentes era una actitud de unidad, de oración, y de espera.

Y no hay ninguna manera en que nosotros podamos duplicar hoy aquel período. Recordemos que aquel fue un período de tiempo, parecido a una cápsula de tiempo, que se extendió entre la ascensión del Señor Jesucristo al cielo y la venida del Espíritu Santo. Y nosotros no estamos viviendo en ese período de tiempo. No podemos duplicarlo. El Espíritu Santo ya ha venido en nuestro tiempo. Leamos ahora los versículos 15 al 18, para iniciar un párrafo que incluye

El nombramiento de un apóstol

"En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo: Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo, por boca de David, había anunciado acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, y era contado con nosotros y tenía parte en este ministerio. Éste, pues, que había adquirido un campo con el salario de su iniquidad, cayó de cabeza y se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron."

Vemos aquí a Simón Pedro hablando otra vez. Ahora tengamos en cuenta que esto ocurrió antes de que el Espíritu Santo viniera en Pentecostés. A este hombre le faltaba recibir la plenitud del Espíritu Santo, así como nos falta recibirla a usted y a mí. Ahora ciertamente dio una descripción de Judas, ¿no le parece? Continuemos pues con los versículos 19 y 20 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama (que significa "Campo de sangre"), porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación y no haya quien more en ella, y: Tome otro su oficio."

Siempre surge la pregunta en cuanto a lo que tuvo lugar aquí. ¿Debían ellos haber efectuado esta elección para escoger a un hombre que sucediera a Judas? Creemos que no. Leamos los versículos 21 y 22 ahora:

"Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho con nosotros testigo de su resurrección."

Creemos que la elección de un sucesor para Judas Iscariote fue más bien gestionada por Pedro, sin la presencia y guía del Espíritu Santo. Recordemos que el Espíritu Santo aún no había venido. Matías evidentemente era un buen hombre. Eso fue indiscutible. Satisfizo todos los requisitos de un apóstol, lo cual significaba que tuvo que haber visto al Cristo resucitado, ya que ese era un requisito indispensable. Continuemos con los versículos 23 al 26 de este capítulo 1 del libro de Hechos:

"Entonces propusieron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cual de estos dos has escogido, para que tome la parte de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. Entonces echaron suertes sobre ellos, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles."

No vemos cómo el echar suertes pudiera tener relación con la dirección del Espíritu Santo, ni que Dios pudiera revelarse por este procedimiento. Esa no es la forma cómo Dios guía. Surge entonces la pregunta: ¿Fue pues Matías el que ocupó el lugar de Judas? Nosotros creemos que no. Más bien, cuando el Señor Jesucristo mismo lo consideró oportuno, nombró a alguien para ocupar el lugar de Judas Iscariote. Resulta significativo que no volveremos a encontrar en el relato ninguna otra mención a Matías. Nada quedó registrado sobre su ministerio, si realmente lo tuvo. Creemos que el Espíritu Santo ciertamente ignoró a Matías. Ahora también creemos que aquel que el Espíritu de Dios eligió, no fue otro que Pablo el apóstol. Alguien podría preguntar con qué autoridad hacemos esta afirmación. Escuchemos lo que el mismo apóstol Pablo dijo en su carta a los Gálatas capítulo 1, versículo 1: "Pablo, apóstol (no por disposición de hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)". Lo que Pablo dijo fue que había sido escogido por Dios el Padre y por el Señor Jesucristo. ¿Cómo fue elegido? Por medio del Espíritu Santo, a quien Dios había enviado al mundo. El ministerio del apóstol Pablo ciertamente justificó el hecho de que él fuera quien debía tomar el lugar de Judas. Otros comentaristas Bíblicos creen que fue Matías quien ocupó el lugar de Judas.

Para concluir hoy, y aunque ya lo hemos hecho en la introducción, queremos enfatizar que Hechos 1 conduce a los cuatro Evangelios hacia un punto focal. Mateo concluyó con la resurrección de Jesús. Marcos con Su Ascensión. Lucas con Su promesa del Espíritu Santo y Juan, con Su promesa de la Segunda Venida. Hechos 1 reunió a los cuatro relatos y mencionó cada uno de estos hechos tan importantes. Así fue como los cuatro Evangelios se encaminaron hacia el libro de los Hechos, y el libro de los Hechos constituyó el puente entre los Evangelios y las Epístolas o cartas apostólicas. Estimado oyente, esperamos que al recordar estos grandes acontecimientos en el propósito de Dios para la humanidad, nos referimos a la resurrección de Jesús, Su ascensión al cielo, Su promesa del Espíritu Santo y Su segunda venida, usted sienta que Dios le ama y le incluye a usted en su propósito salvador.

EL PODER DEL ESPIRITU SANTO

                
                                           Hechos 1:4-26:

"Y estando juntos, les ordenó: No salgáis de Jerusalén, sino esperad la promesa del Padre, la cual oísteis de mí"

Este es el final de la larga oración gramatical de 2 versículos. Los apóstoles debían esperar la venida del Espíritu Santo. Hasta que aquel evento tuviese lugar, Sus órdenes consistían en esperar la promesa del Padre. Ahora, el versículo 5 dice:

"porque Juan ciertamente bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días."

El Cristo resucitado se apareció a los apóstoles y les dio estas instrucciones. Les dijo que algo les sucedería. Serían bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días. Este bautismo del Espíritu Santo era la promesa del Padre. Y Jesús ya les había hablado acerca de ello.

Es importante notar que aquí no se estaba hablando acerca del bautismo con agua, el cual es un bautismo ceremonial. En este pasaje se habla del bautismo del Espíritu Santo. El bautismo del Espíritu Santo es un verdadero bautismo. Es este bautismo del Espíritu Santo, lo que coloca al creyente dentro del cuerpo de los creyentes, al cual nos referimos como la Iglesia.

Cuando lleguemos al segundo capítulo que habla de la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, veremos que fueron llenos del Espíritu Santo. Eso era necesario para que pudieran servir. El hecho de que fueron llenos del Espíritu Santo para llevar a cabo su servicio, indica que los otros ministerios del Espíritu Santo también habían sido realizados. Pero, en nuestro estudio del capítulo 2 entraremos en más detalles al respecto. Leamos ahora el versículo 6 de este capítulo 1 de Hechos:

"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo: Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?"

Usted tal vez ha notado que algunos de los comentaristas han criticado a los apóstoles por haber hecho esta pregunta. Creen que los apóstoles se equivocaron al hacerla. Pero, creemos que la respuesta que el Señor les dio, indica que no se equivocaron en lo absoluto. Su pregunta fue legítima y natural, y nuestro Señor la contestó como tal y no les reprochó nada.

Los apóstoles conocían bien el Antiguo Testamento. Habían esperado la venida del Mesías. Comprendían que el Mesías sería el que establecería el reino sobre esta tierra. Ésa era su esperanza. Y ésta a propósito, es todavía la única esperanza para esta tierra. Dios no ha acabado su trato con esta tierra. Dios tiene un propósito eterno para la tierra, y fue precisamente en cuanto a este reino de Dios de lo que hablaron y que incluía el restablecimiento de la casa real de David. Éstas fueron las cosas de las cuales habló Jesús después de Su resurrección. Vimos en el versículo 3 que les habló "acerca del reino de Dios". Veamos ahora la respuesta que Jesús les dio, aquí en el versículo 7:

"Les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones que el Padre puso en su sola potestad"

Les informó de que en este tiempo en particular, el reino no sería establecido. Entonces, más bien, tomaría de todas las naciones un pueblo para Su nombre, es decir, la Iglesia. En el capítulo 15 de este libro de los Hechos, cuando los apóstoles se reunieron para el primer concilio en Jerusalén, Jacobo les hizo notar esto. Dice en el capítulo 15, versículos 14 al 18: "Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: Después de esto volveré y reedificaré el tabernáculo de David, que está caído; y repararé sus ruinas, y lo volveré a levantar, para que el resto de los hombres busque al Señor, y todas las naciones, sobre las cuales es invocado mi nombre, dice el Señor, que hace conocer todo esto desde tiempos antiguos."

Esto es lo que Dios está haciendo en la actualidad. Está visitando a los seres humanos para tomar de ellos un pueblo en el que se invoque Su nombre. Dios está llamando del mundo a personas que confíen en Cristo, y que el Espíritu Santo bautiza uniéndoles al cuerpo de creyentes, es decir, a la iglesia.

Por tanto, cuando los apóstoles le preguntaron a Jesús si restauraría el reino "en este tiempo", su respuesta fue que éste no era el tema para discutir en aquella época. Ni tampoco es el tema para discusión hoy. Muchos preguntan hoy: "¿No cree usted que Cristo vendrá pronto?" Bueno, estimado oyente, permítame decirle algo. Yo sí creo que vendrá pronto, pero no tengo ningún derecho, ni autoridad para decirle a usted que vendrá pronto, porque no lo sé. Es que, ni a usted ni a mi nos corresponde saber los tiempos o las ocasiones. Eso no es lo importante para nosotros. Ahora, le aseguro que creo en la profecía. Sin embargo, creo que podemos llegar a poner demasiado énfasis en la profecía. Creo que para crecer en la fe hace falta algo más que un estudio profético.

Entonces, ¿cuál es nuestra misión en la actualidad? Observemos una vez más, que nuestro Señor no reprendió a Sus discípulos por la pregunta que le habían hecho. En lugar de eso, les enseñó que Él pensaba en otra cosa. Él les dijo: "No os toca a vosotros saber los tiempos o las ocasiones, que el Padre tiene autoridad para hacer. . ." Pero escuche usted, aquí está Su misión explicada en el versículo 8:

"pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra."

Ésta es la comisión que todavía está en vigor en el día de hoy. Esta comisión no fue solamente a una institución corporativa, o sea a la Iglesia como un cuerpo. En realidad es más bien una comisión muy personal, un mandato que fue dado a cada creyente, individualmente. Esta comisión fue encargada a estos hombres aun antes de que el Espíritu Santo hubiera venido y formado la Iglesia.

Éste, pues, un mandamiento personal que es para usted y para mi, estimado oyente. Es nuestra misión, es nuestro trabajo, propagar la Palabra de Dios en el mundo. No podemos decir que le toca a la Iglesia enviar a los misioneros para proclamar el evangelio por medio de ellos, y quedarnos nosotros de brazos cruzados. Lo verdaderamente importante es lo que usted y yo estemos haciendo individualmente para proclamar la Palabra de Dios. ¿Ha llegado usted hasta lo último de la tierra como testigo del evangelio? ¿Ayuda usted a un misionero que sí lo ha hecho? ¿Colabora usted con un programa radio que difunde la Palabra de Dios? ¿Se ha comprometido usted personalmente con esa misión? Eso es lo importante.

Dios quiere que los seres humanos se salven. Esta es nuestra misión. Pero para poder propagar el evangelio necesitamos poder. Esa fue su promesa - "recibiréis poder". Y necesitamos de la guía del Señor. Ante esta gran tarea, no hay ningún poder en nosotros, aunque sí hay poder en el Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien se mueve a través de una persona, a través de alguna iglesia, o por medio de un programa de radio. La cuestión es si nosotros le permitimos actuar por medio nuestro.

El asunto es si le permitimos obrar por medio nuestro. Recordemos la promesa: "Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, ? dice el versículo 8, y continúa diciendo ? y me seréis testigos. . . ." Es decir, nuestro testimonio es en cuanto a Cristo. Él es el centro de atracción. Luego dice: "en Jerusalén", es decir en nuestro pueblo natal; si no lo hay, debiera haber un testimonio para Cristo. Toda Judea, se refiere a la vecindad, a nuestra comunidad. Samaria, está donde viven aquellos con quienes no nos relacionamos. Es posible que no nos reunamos con ellos socialmente, pero tenemos la responsabilidad y el privilegio de llevarles el evangelio.

Por último, este testimonio para Cristo debe llegar hasta los confines de la tierra. Nunca debemos perder de vista el hecho de que ésta es la intención del Señor. Él nos ha dicho que si le amamos, guardemos Sus mandamientos. Este mandamiento es personal. No podemos evadirnos de esta carga diciendo que la Iglesia lo está cumpliendo y que por tanto, no tenemos que comprometernos con ello. Estimado oyente, ¿hasta que punto se ha comprometido usted? ¿Hasta donde llega usted en su testimonio para Cristo? Pasemos ahora a considerar la ascensión y la promesa del regreso de Jesús. Leamos el versículo 9 de este capítulo 1 de los Hechos, para iniciar un nuevo párrafo titulado:

La ascensión y la promesa del regreso de Jesús

"Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y lo recibió una nube que lo ocultó de sus ojos."

La ascensión del Señor Jesucristo fue un milagro importante y significativo en el ministerio del Señor. Las Escrituras dicen que sólo hubo una nube para recibirle.

¿Qué clase de nube sería? ¿Sería una nube común de vapor de agua? De ninguna manera. Ésta fue la misma nube de gloria, la gloria ?shekina? que llenó el tabernáculo en los tiempos del Antiguo Testamento. En su oración como Sumo Sacerdote, Él había orado lo siguiente en el capítulo 17 del evangelio según San Juan, versículo 5: "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera". Cuando Cristo nació en el mundo, fue envuelto en pañales. Cuando salió de la tierra, fue envuelto en nubes de gloria. Así fue como el regresó a la derecha del Padre celestial.

Mientras los apóstoles observaban esta escena, dos ángeles con el aspecto de hombres se les aparecieron y les comunicaron un mensaje importante. Leamos los versículos 10 y 11 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Y estando ellos con los ojos puestos en el cielo, entre tanto que él se iba, se pusieron junto a ellos dos varones con vestiduras blancas, los cuales les dijeron: Galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como lo habéis visto ir al cielo"

Fue Jesús glorificado quien subió al cielo. Este mismo Jesús, el Jesús glorificado vendrá así como se fue, y al mismo lugar. El profeta Zacarías en el capítulo 14 de su profecía, versículo 4, nos dijo lo siguiente: "En aquel día se afirmarán sus pies sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén, al oriente; El monte de los Olivos se partirá por la mitad, de este a oeste, formando un valle muy grande; la mitad del monte se apartará hacia el norte, y la otra mitad hacia el sur". Volviendo ahora al capítulo 1 de los Hechos, leamos el versículo 12:

"Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte que se llama del Olivar, el cual está cerca de Jerusalén, recorriendo la distancia que la ley permitía recorrer en sábado."

La limitada distancia que podían recorrer, de acuerdo con la ley mosaica, alrededor de un kilómetro, hacía que la gente no se desplazase muy lejos de su lugar de residencia. Por tal motivo creemos que todos los discípulos se quedaron muy cerca del templo durante los días de fiesta, cuando llegaron a Jerusalén para adorar. El monte de los Olivos probablemente estaba cubierto por varios miles de personas, que estarían acampadas allí durante la época de las fiestas. ¿Por qué? Porque según dicha ley, tenían que quedarse dentro de un día de reposo de camino del templo. Continuemos con los versículos 13 y 14 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Cuando llegaron, subieron al aposento alto, donde se alojaban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos."

Nos alegramos que María la madre de Jesús estuviera allí. Ella entonces estaba libre de cualquier duda que hubiera existido con relación al nacimiento virginal de Jesús. En aquellos momentos, la actitud de los apóstoles y de los creyentes era una actitud de unidad, de oración, y de espera.

Y no hay ninguna manera en que nosotros podamos duplicar hoy aquel período. Recordemos que aquel fue un período de tiempo, parecido a una cápsula de tiempo, que se extendió entre la ascensión del Señor Jesucristo al cielo y la venida del Espíritu Santo. Y nosotros no estamos viviendo en ese período de tiempo. No podemos duplicarlo. El Espíritu Santo ya ha venido en nuestro tiempo. Leamos ahora los versículos 15 al 18, para iniciar un párrafo que incluye

El nombramiento de un apóstol

"En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo: Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura que el Espíritu Santo, por boca de David, había anunciado acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús, y era contado con nosotros y tenía parte en este ministerio. Éste, pues, que había adquirido un campo con el salario de su iniquidad, cayó de cabeza y se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron."

Vemos aquí a Simón Pedro hablando otra vez. Ahora tengamos en cuenta que esto ocurrió antes de que el Espíritu Santo viniera en Pentecostés. A este hombre le faltaba recibir la plenitud del Espíritu Santo, así como nos falta recibirla a usted y a mí. Ahora ciertamente dio una descripción de Judas, ¿no le parece? Continuemos pues con los versículos 19 y 20 de este capítulo 1 de los Hechos:

"Y fue notorio a todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama (que significa "Campo de sangre"), porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su habitación y no haya quien more en ella, y: Tome otro su oficio."

Siempre surge la pregunta en cuanto a lo que tuvo lugar aquí. ¿Debían ellos haber efectuado esta elección para escoger a un hombre que sucediera a Judas? Creemos que no. Leamos los versículos 21 y 22 ahora:

"Es necesario, pues, que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho con nosotros testigo de su resurrección."

Creemos que la elección de un sucesor para Judas Iscariote fue más bien gestionada por Pedro, sin la presencia y guía del Espíritu Santo. Recordemos que el Espíritu Santo aún no había venido. Matías evidentemente era un buen hombre. Eso fue indiscutible. Satisfizo todos los requisitos de un apóstol, lo cual significaba que tuvo que haber visto al Cristo resucitado, ya que ese era un requisito indispensable. Continuemos con los versículos 23 al 26 de este capítulo 1 del libro de Hechos:

"Entonces propusieron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cual de estos dos has escogido, para que tome la parte de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar. Entonces echaron suertes sobre ellos, y la suerte cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles."

No vemos cómo el echar suertes pudiera tener relación con la dirección del Espíritu Santo, ni que Dios pudiera revelarse por este procedimiento. Esa no es la forma cómo Dios guía. Surge entonces la pregunta: ¿Fue pues Matías el que ocupó el lugar de Judas? Nosotros creemos que no. Más bien, cuando el Señor Jesucristo mismo lo consideró oportuno, nombró a alguien para ocupar el lugar de Judas Iscariote. Resulta significativo que no volveremos a encontrar en el relato ninguna otra mención a Matías. Nada quedó registrado sobre su ministerio, si realmente lo tuvo. Creemos que el Espíritu Santo ciertamente ignoró a Matías. Ahora también creemos que aquel que el Espíritu de Dios eligió, no fue otro que Pablo el apóstol. Alguien podría preguntar con qué autoridad hacemos esta afirmación. Escuchemos lo que el mismo apóstol Pablo dijo en su carta a los Gálatas capítulo 1, versículo 1: "Pablo, apóstol (no por disposición de hombres, ni por hombre, sino por Jesucristo y por Dios el Padre que lo resucitó de los muertos)". Lo que Pablo dijo fue que había sido escogido por Dios el Padre y por el Señor Jesucristo. ¿Cómo fue elegido? Por medio del Espíritu Santo, a quien Dios había enviado al mundo. El ministerio del apóstol Pablo ciertamente justificó el hecho de que él fuera quien debía tomar el lugar de Judas. Otros comentaristas Bíblicos creen que fue Matías quien ocupó el lugar de Judas.

Para concluir hoy, y aunque ya lo hemos hecho en la introducción, queremos enfatizar que Hechos 1 conduce a los cuatro Evangelios hacia un punto focal. Mateo concluyó con la resurrección de Jesús. Marcos con Su Ascensión. Lucas con Su promesa del Espíritu Santo y Juan, con Su promesa de la Segunda Venida. Hechos 1 reunió a los cuatro relatos y mencionó cada uno de estos hechos tan importantes. Así fue como los cuatro Evangelios se encaminaron hacia el libro de los Hechos, y el libro de los Hechos constituyó el puente entre los Evangelios y las Epístolas o cartas apostólicas. Estimado oyente, esperamos que al recordar estos grandes acontecimientos en el propósito de Dios para la humanidad, nos referimos a la resurrección de Jesús, Su ascensión al cielo, Su promesa del Espíritu Santo y Su segunda venida, usted sienta que Dios le ama y le incluye a usted en su propósito salvador.

lunes, 24 de abril de 2017

ESTIEMPO QUE TODO EL PUEBLO CRISTIANO ENTREMOS EN UNA ORACION PROFUNDA
LA IGLESIA TIENE QUE UNIRCE PARA PODER ENCONTRAR LA BOLUNTAD DE DIOS
GRACIAS HERMANOS OREMOS BENDICIONES